El presente año 2016 se inicia con un pasivo difícil
de saldar por el actual gobierno en cuanto a la inseguridad ciudadana; el desborde
de la delincuencia y del crimen organizado en el país, ha obligado al Estado a implementar a fines
del año pasado medidas desesperadas para paliar la coyuntura criminal que ha
puesto en jaque no solamente a la capital sino a la mayoría de las regiones del
país; en ese sentido el pasado 5 de Diciembre se ha declarado el “Estado de
Emergencia” en la Provincia Constitucional del Callao, por un plazo de 45 días.
Según declaraciones del Ministro del Interior, la medida busca proteger a la
ciudadanía ante una “posible” guerra entre bandas de delincuentes, conectadas
con el narcotráfico; manifestando que este proyecto piloto puede ser replicado a nivel nacional, e
incluso ha sido prorrogado recientemente por 45 días más.
Si bien es
cierto que esta decisión política ha tenido como objetivo contrarrestar los
crecientes índices de criminalidad en el vecino puerto del Callao, también es
cierto que el problema de la proliferación de la delincuencia y del crimen
organizado no se puede focalizar en una sola ciudad, es una lacra social que afrontan las 24
regiones del Perú, unas más que otras; entonces, según el criterio del gobierno, para proteger a la ciudadanía de las diferentes
modalidades delictuales tendríamos que declarar en emergencia a todo el país,
lo cual no es posible ni con el apoyo de todas las Fuerzas Armadas en la calle.
Además, se considera como razón valedera para declarar
la emergencia en el Callao, una
“posible” guerra entre bandas de delincuentes conectadas con el narcotráfico,
lo cual es una apreciación ligera para un problema que tiene una dimensión
mucho más amplia, y que al parecer los gobiernos de turno y los órganos de seguridad y justicia no
entienden, que lo que se está enfrentando no son “posibilidades” ni “percepciones” de
inseguridad, sino la evolución del
crimen organizado que va consolidándose en el país hace años, son realidades
que no queremos ver, y que no hemos sabido enfrentar oportunamente por falta de
voluntad política del Estado.
Entonces, es
lógico pensar que ante una medida tan desacertada e improvisada como esta, los
resultados no sean los esperados, sino todo lo contrario: los índices de
criminalidad en el callao no han mermado, el accionar de las unidades
policiales muestran un desgaste operativo paulatino, se percibe desatención al
problema por los órganos de justicia y ministerio publico que hace vulnerable
el “proyecto piloto”; en consecuencia como esta medida descansa únicamente en
la participación policial y exige aumento
de personal, se debe disminuir efectivos
en otras zonas, generando que se
incremente el delito en la capital y demás regiones del país.
Ahora bien,
en lugar que el gobierno pretenda contrarrestar el desborde de la inseguridad
ciudadana mediante la declaratoria de
“estados de emergencia”; debe más bien, declarar en “estado de emergencia anticrimen” a las
instituciones del Estado que tienen injerencia directa con esta problemática,
como: Interior, justicia, ministerio público, sistema penitenciario, congreso
de la republica, gobiernos regionales, municipios, etc., lo cual obligaría a que estos organismos participen con toda su
capacidad instalada, personal y logística disponible a contrarrestar la
criminalidad; contando con el apoyo de los serenos municipales, empresas de
seguridad privada, rondas campesinas, etc. Esta decisión política facilitaría elaborar una estrategia
anticrimen a nivel nacional bajo el liderazgo del Ministro del Interior, e
implementar y ejecutar planes operativos regionales, provinciales y
distritales, urbanos y rurales, para desarrollar una lucha frontal permanente
contra la delincuencia y el crimen organizado. Para tal efecto, la Policía
Nacional debería priorizar y fortalecer el accionar operativo y el
despliegue técnico territorial de las
direcciones especializadas, comisarias y órganos de inteligencia; estableciéndose además, un marco jurídico,
ágil y adecuado contra la criminalidad, que permita reducir los índices delictuales
en plazos determinados.
Lo que sucede,
es que las instituciones del Estado se
muestran anacrónicas y desfasadas para
desarrollar con éxito esta tarea; la policía, fiscalías y juzgados actúan todavía
con procedimientos inviables, lentos, burocráticos y proclives a
la corrupción, lo que impide alcanzar objetivos previstos; más aun, se carece
de políticas, estrategias y planes operativos, técnicamente elaborados y
adecuadamente coordinados para enfrentar en mejores condiciones a la
delincuencia local y al crimen organizado. Ante esta disposición institucional
desfavorable, se trata de lidiar contra el delito adoptando medidas
improvisadas, coyunturales, poco serias y nada efectivas. Al parecer se
pretende tratar el problema de la criminalidad, de la misma forma como se viene
enfrentando el “narcoterrorismo” en el “VRAEM”, focalizándolo en determinadas
zonas del país y luego encargar a la policía y a las fuerzas armadas su erradicación; lo cual es un error estratégico
y táctico, porque son dos situaciones totalmente diferentes.
La
delincuencia y el crimen organizado no pueden ser focalizados en determinadas
regiones provincias o distritos, y luego pretender reducir sus efectos
declarando “zonas de emergencia”; la criminalidad se desenvuelve en la
sociedad, y se despliega en todo el territorio nacional, su ámbito de acción no
tiene límites, se encuentran en todos los rincones de las grandes urbes y de
las zonas rurales, cometen sus fechorías en cualquier lugar, hora, y no tienen
reparo en el “botín” que pueden lograr, o en el daño físico que pueden causar,
incluyendo el asesinato. Se desplazan libremente en la ciudad sin despertar
sospechas, y atacan por sorpresa, con
crueldad y violencia, aprovechando al máximo
las debilidades del sistema de seguridad y justicia y el temor de sus víctimas;
planifican sus acciones en pequeños grupos o en bandas organizadas, empleando
al máximo la observación y la vigilancia; generalmente sus integrantes son
adolescentes y jóvenes de mediana edad, que actúan con inusitada rapidez y
diversas modalidades. La mayoría conoce los alcances del sistema jurídico del
país, y las argucias legales de abogados cómplices para reducir sus penas,
incluyendo las vulnerabilidades del sistema legal vigente que facilita la
corrupción de malos jueces fiscales y agentes policiales.
Los “expertos
en seguridad” y los “opinologos” de los candidatos presidenciales en campaña
desconociendo esta realidad, proponen una serie de medidas para terminar con la
inseguridad y la delincuencia, cada propuesta más fantasiosa que la otra; desde
refundar la policía nacional, pasando por sacar las fuerzas armadas a la calle,
dotar de armas no letales a los serenos, municipalizar a la policía, tercerizar
la dotación de vehículos policiales, etc. Lo que no entienden los gobiernos y
sus adláteres, es que la delincuencia y el crimen organizado se incrementa y
evoluciona con más rapidez, en una sociedad desordenada, sin autoridad,
debilitada por la anomia, la impunidad, la injusticia, la pérdida de valores,
etc. La percepción ciudadana, es la de un Estado que ha olvidado que tiene
instituciones creadas específicamente para proteger a la población de la
inseguridad generalizada; instituciones a quienes se les ha asignado
finalidades fundamentales y funciones especificas, que son mandatos
establecidos en la Constitución Política del Perú, y respaldadas por leyes
vigentes sobre el tema; instituciones y organismos públicos que requieren
aprender a actuar en forma coordinada y colegiada, haciendo cada cual lo que
sabe hacer y para lo cual fueron
preparados. No corregir nuestros errores, es permitir el incremento y la
evolución de la criminalidad en el país, es profundizar la inseguridad
ciudadana y el desorden institucional, es debilitar la democracia, y la unión nacional.
Cnel.
PNP (r) Julio Cesar Garazatua Vela.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tus comentarios son importantes y nos interesan