El editorial del diario “La Republica” del 17
NOV2015, titulado “Ataque contra el Mundo”, dice en su último párrafo lo
siguiente: “Los cañones y las bombas no se han silenciado. La masacre de Paris,
como centenares de masacres que suceden a diario en los pueblos ahora sometidos
a la vorágine de la violencia, es por ahora un hito. Al mundo solo le queda
exigir paz, negociación, acogida a los inmigrantes en lugar de satanizarlos y
sentido común del poder, y de los hombres del poder. No olvidemos que no hay
dioses buenos y dioses malos. Recordemos más bien las palabras del niño sirio
antes de morir “voy a contarle todo a Dios”.
Dicen que la historia de nuestros pueblos está
escrita sobre la tumba de los héroes y mártires, que ofrendaron sus vidas en la
defensa de los más altos ideales y valores patrios; pero contradictoriamente a
esta reflexión, pienso que la historia de la humanidad está sembrada por los
cadáveres de millones de hombres, mujeres y niños inocentes que fallecieron en
guerras estúpidas, quizás sin haber entendido nunca de ideologías radicales, de
fundamentalismos religiosos, de fanatismos políticos, de valores democráticos
que jamás se practicaron, etc. Murieron porque a pesar de siglos de existencia
de la raza humana, no hemos aprendido todavía a convivir en paz; porque la
guerra, los genocidios, la violencia, el odio, el hambre, aun son instrumentos
para obtener poder, porque el fin justifica los medios. Murieron porque los
organismos internacionales, como la ONU, la OEA, la FAO, la OMS, entre otros,
creados para detener estos “apocalipsis elaborados”, son incapaces de controlar
la barbarie y los ímpetus genocidas, de orates fantasiosos de creerse dioses en
un mundo que se desangra, se degrada y se destruye paulatinamente.
En estos episodios regresivos todos somos
culpables de la muerte del niño sirio, y de todos los inocentes que fallecen
diariamente por la guerra o por el hambre. Ningún Estado por poderoso o débil,
grande o pequeño, puede exculparse de estos crímenes de lesa humanidad. Pero la
realidad nos demuestra que en estas circunstancias siempre miramos la “paja en
el ojo ajeno”; hemos dividido el mundo entre “buenos y malos”, y la consigna
impuesta por los “Estados Imperio” es que hay “aniquilar a los malos”, que
siempre son los otros, sin tener en cuenta que el “daño colateral” a la
humanidad es mayor que el objetivo político propuesto por aquellos que siempre
tienen la razón.
Hace 30,000 años los “homos sapiens” eliminaron a
los “neandertales”. 30,000 años después muchas poblaciones continúan
exterminando sistemáticamente a otros grupos sociales o raciales; al parecer no
hemos aprendido nada. José Stalin decía: “la muerte de una persona es un hecho
trágico, pero la muerte de 1, 000,000 es simple estadística”; los mayores
genocidios que sucedieron y suceden en el mundo a través de las guerras, o
luchas intestinas así lo confirman, la muerte de millones de personas siguen siendo
estadísticas en la historia de la humanidad.
Los científicos y los sabios del mundo,
pronostican que el planeta tierra, nuestro planeta, poblado por más de seis mil
millones de personas, está en grave riesgo de destrucción; y consideran que una
de las causas posibles de ello, puede venir del espacio sideral en forma de
meteorito e impactar con la “tierra”. Otros aseguran que las fuerzas de la
naturaleza a través del desplazamiento de las placas tectónicas en la corteza
terrestre, generan terremotos y maremotos (tsunamis) de grandes dimensiones o
avivan volcanes, fenómenos que se están dando en muchas zonas del mundo con las
consecuencias destructivas del caso. Pero los más sensatos, sostienen que somos
nosotros mismos los que estamos acelerando nuestra propia destrucción; con la
industrialización imparable de las grandes corporaciones que no tienen patria
ni bandera, a quienes no les importa contaminar el planeta entero, generando el
“efecto invernadero” una de las causas silenciosas que va deteriorando la
naturaleza y con ella la vida en la tierra. También en este camino se
encuentran los Estados del “primer mundo” y empresas transnacionales
fabricantes de armas de todo tipo, cada cual más moderna y con mayor poder de
destrucción; que con afanes económicos y de dominio geopolítico, azuzan
conflictos y propician guerras, entre otras causas que sería tedioso enumerar.
Me pregunto: ¿somos conscientes de la barbarie en
la que vivimos?, o somos insensatos y coadyuvamos al suicidio masivo de la
humanidad. Seguramente, que en estos momentos que escribo este artículo
millones de personas están muriendo en el mundo por razones que nadie podrá
explicar; personas ignoradas, desconocidas, sin monumentos ni honores, fallecen
para que el mundo “evolucione” en una vorágine de poder, violencia, ambición y
tecnología.
Los medios de comunicación del Perú y del mundo condenan con razón la
masacre de Paris, y recuerdan con emotividad los últimos momentos de vida de
las víctimas del atentado perpetrado por ocho miembros del Estado Islámico.
Pero se desconoce la historia de vida de los miles de inocentes que perecen
diariamente en el “otro lado”, a causa de los bombardeos incesantes, o
intentando huir de la muerte en un éxodo masivo hacia otros Estados, donde
muchas veces son rechazados y obligados morir en el intento.
Episodios Dantescos como lo ocurrido en Paris y de lo que puede estar
sucediendo en otros Estados del mundo, es una señal de nuestros tiempos que
muestra la necedad del ser humano, que la ansiada evolución de la humanidad de
vivir en paz aún no ha llegado, porque los gobernantes de nuestros países y los
organismos internacionales son incapaces de detener estos holocaustos y tomar
decisiones más efectivas para proteger la vida en el planeta; seguimos pensando
que mientras “no se metan conmigo”, los problemas de los demás no me interesan;
ojalá que cuando tengamos que actuar no sea demasiado tarde. Sin embargo en
medio de este caos de dolor y muerte, siempre existen comportamientos
ejemplares y sentimientos dignos de imitar por los gobernantes del mundo, como
la de Antonio Leiris uno de los deudos de la masacre de Paris, que por las
redes sociales les escribió a los asesinos de su esposa lo siguiente: “Me
robaron la vida de un ser excepcional, pero no tendrán mi odio. Quieren que
tenga miedo, que sacrifique mi libertad por la seguridad y no, no lo
conseguirán”.