Por: Julio Garazatúa
Vela (*)
(Publicado en Noviembre de 2014)
El resultado del último proceso
electoral ha dejado en la población sensaciones diversas: desilusión,
insatisfacción, rebeldía, conformismo, expectativas, etc., pero también ha
graficado una nueva visión político-social del país, y una nueva historia
empieza a escribirse.
Una ligera lectura de la realidad
que vivimos y del futuro que nos espera, nos dice que la desigualdad, la
exclusión social, la pobreza, la violencia, la corrupción, etc., todavía
subyacen lacerantes en nuestra sociedad. Nos dice que la “clase política” en el
Perú ha fracasado, y mas aún, casi se ha extinguido. Nos dice que existe orfandad
del Estado en grandes zonas del país. Nos dice que el pueblo todavía confía en
el sistema democrático, para concretar los cambios que reclama hace mucho
tiempo, pero también siente que la incapacidad de los gobiernos y de los
dirigentes políticos de turno, frustra sus aspiraciones y sus expectativas; y
finalmente nos dice que el Perú se está transformando rápidamente en una
sociedad desmasificada, y que la diversidad tiende a convertirse en una
oposición generalizada, radical e inflexible.
Actualmente el pueblo peruano
desconfía de sus gobiernos, cuestiona el doble mensaje de lo que se dice y de
lo que se hace, se siente divorciado de sus dirigentes políticos. En las
últimas tres décadas se produjo una irrefrenable caída de imagen de la clase
política a los ojos del pueblo, que percibe que la llamada “clase política” que
debe ser el timón del país, esta inutilizada, corrupta, improvisada, no
preparada, fuera de control; si preguntáramos, ¿Quién gobierna el país?,
seguramente la respuesta seria, grupos de poder y mafias políticas, que con el
apoyo de los medios de comunicación se han enraizado en los gobiernos. Esta
percepción genera vacío de poder y pérdida.
Algunos sostienen que la
tendencia electoral es elegir una persona con autoridad que ponga orden en el
Estado, este anhelo se basa en la creencia de la eficiencia autoritaria, sin
embargo no existe relación entre autoridad fuerte y eficiencia; otros defienden
la idea de que un estilo de gobierno que dio resultado en el pasado, también
resultara en el presente o futuro; y desde hace algunos años una gran mayoría piensa, que se debe reelegir
a un candidato que aunque haya robado,
ha ejecutado obras.
Si nuestra preocupación fuera
solamente elegir un buen gobernante, nuestro problema se resolvería fácilmente,
pero el asunto va mas allá, incluso los mejores dirigentes políticos serían
incapaces de resolver nuestros problemas, porque las instituciones a través de
las cuales se debe actuar, han quedado obsoletas; son inadecuadas e inviables.
Actualmente, la sociedad tiende a
desmasificarse a un nivel elevado de diversidad y complejidad, lo que ocasiona
que las agrupaciones políticas nacionales tengan dificultad para subsistir,
porque las bases locales muchas veces no acatan las decisiones de la dirigencia
nacional, en razón que los grupos afiliados a ellas, realizan sus propias
campañas para la consecución de sus propios fines.
Cada vez surgen nuevas
agrupaciones, que luego desaparecen o se transforman, pero que tienen una
característica particular, son transitorias y efímeras. Esta situación, motiva
que las llamadas coaliciones, alianzas o frentes unidos, pierdan credibilidad
en los procesos electorales frente a las nuevas organizaciones regionales, que
van formando feudos políticos en determinadas zonas del país, con alarmantes
índices de corrupción. Estas alianzas o coaliciones, pueden congregar a grupos
con intereses comunes y se pueden mantener unidas el tiempo suficiente para
elegir a un presidente de la república, congresistas, gobiernos regionales,
alcaldes, etc.; pero luego tienden a disgregarse, dejando sin base de
sustentación el proyecto o programa político acordado.
Esta desmasificación, deteriora
la capacidad de una “endeble” clase política para manejar una nueva realidad,
quienes acostumbrados a manipular a grupos homogéneamente establecidos, se
encuentran de pronto ante diversos grupos transitoriamente organizados, que
exigen atención inmediata a demandas y peticiones específicas.
Aunque nuestro sistema político
está fundado teóricamente en la regla de la “mayoría”, actualmente en una
sociedad desmasificada resulta casi imposible formar una mayoría, incluso para
tratar asuntos vitales para el país, ejemplos a la vista, el Congreso de la
República. Esta dificultad, pone en duda la teoría democrática clásica, y nos
fuerza a preguntar si algún grupo esta adecuadamente representado. En este tipo
de sociedad, no solo se carece de “objetivos nacionales”, sino también de
objetivos regionales y municipales, porque es tan amplia la diversidad, que un
representante democráticamente elegido, no puede hablar en nombre de un
“consenso”, menos representar la “voluntad general”, porque sencillamente no
existen.
Un gobierno no solo debe adoptar
decisiones eficaces y hacerlas cumplir, sino también debe ser capaz de integrar
políticas distintas e interpretar la diversidad de la sociedad, para responder
a ella oportuna y adecuadamente. Algunas manifestaciones de la problemática que
se describe en este agitado panorama político son: la inconformidad ciudadana con
el resultado de las últimas elecciones regionales y municipales, en la capital
y en muchas zonas del país; conflictos sociales con grave alteración del orden
público, que ha ocasionado pérdidas de vidas humanas; enfrentamientos públicos
continuos entre los poderes, ejecutivo, legislativo y judicial, que deteriora
cada vez mas nuestra endeble democracia, y
la imagen del Estado; entre otros.
Esta realidad política, exige la
puesta en marcha de un proceso de reforma y de cambios estructurales impulsado
desde el mismo Estado, con el propósito de buscar una salida a la crisis de
legitimidad y credibilidad que afronta el régimen político en el Perú. No basta
que se proponga una nueva ley de partidos políticos para “adecentar” la clase
política en el país, menos culpar a los electores de elegir a candidatos con
antecedentes judiciales, incluso recluidos en los penales y otros involucrados
en procesos judiciales, tampoco pensar que los conflictos sociales y las
protestas públicas de la población para hacerse escuchar en sus demandas, son
parte del juego democrático; sino que el Estado tenga la madurez política para entender que el problema existe, tome las decisiones correctas y las
soluciones apropiadas, y tenga la capacidad para traducir las soluciones en políticas y estrategias concretas que
resuelvan los problemas.
La modernización de las
instituciones, así como la apertura del diálogo como instrumento democrático,
reducen las tensiones sociales y facilitan el consenso necesario para iniciar
las reformas requeridas, orientadas a fortalecer y legitimar el régimen político
nacional.
Este último proceso electoral
también nos recuerda, que las regiones del país han dejado de ser un ensayo
político, para convertirse en una realidad, que van adquiriendo poder y
autonomía, aspectos que deben ser armonizados y coordinados con el gobierno
central, para conducir el proceso de reforma y el desarrollo nacional en forma
concertada y unitaria, evitando desencuentros en la gobernabilidad, y
facilitando construir una sociedad sostenible.
(*) Crnel. PNP (r)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tus comentarios son importantes y nos interesan