Por:
Julio César Garazatúa Vela (*)
(Publicado en Julio de 2012)
En el
Perú, el desborde del delito y de la violencia indiscriminada ha dejado de ser
una amenaza pública, y se ha convertido en un problema de Estado; pero
las instituciones responsables al parecer, aún no tienen una lectura clara de
la magnitud del problema, menos la voluntad política para articular e
implementar estrategias multisectoriales serias y efectivas. Las encuestas de
opinión priorizan a la delincuencia como uno de los problemas que más afecta a
la población. La inseguridad ciudadana continúa creciendo, en abierto
desafío al estado de derecho y al orden público establecido por los
gobiernos de turno.
La
dramática sucesión de hechos criminales que diariamente culminan en asesinatos
violentos, con las modalidades del “Ajuste de cuentas” (sicarios),
marcas, pandillaje, violaciones sin distinción de edad y sexo, entre otros;
desnuda una situación de anarquía delincuencial y una débil respuesta del
estado para hacer frente a este flagelo, que de prosperar puede poner en riesgo
el sistema democrático.
La
analista política Lucía Dammert sostiene, que la inseguridad es uno de
los ejes del debate político en el Perú y en Latino América, su incremento se
vincula a la pérdida de espacios públicos, a un comportamiento social más
individualizado y a una creciente sensación de angustia y temor. Además, una
alta tasa de criminalidad, agrava y exacerba otros problemas urbanos como la
destrucción del vecindario, la depreciación del valor de las propiedades, el
temor de los comerciantes, amenaza a la integridad de los niños que asisten a
los colegios, etc. En este contexto, las ciudades han ido perdiendo su
capacidad socializadora, para convertirse en un campo de batalla.
Recomienda que, aunque la función de control y mantenimiento del orden y la
seguridad pública está a cargo del gobierno central, los gobiernos locales son
los más adecuados para trabajar en la prevención del delito. Para ello, se
deben dejar de lado planes simplificadores y coyunturales y, desarrollar políticas
de largo plazo que precisen el compromiso de la comunidad.
Efectivamente,
en el país la inseguridad ciudadana es un problema acuciante no resuelto, que
continúa en el plano teórico, sin pasar todavía a la práctica, por falta de
liderazgo político que le dé sentido y dirección a la lucha contra el
delito. Tal es el grado de desorden y descoordinación en este tema, que los
comités regionales y locales de seguridad ciudadana hasta la fecha, no pueden
implementar acciones coordinadas e integradas con las comisarías y de más
entidades involucradas en este problema, dando la sensación que cada cual actúa
en forma aislada y en competencia permanente, limitando los resultados
deseados. Así mismo, el Sistema Nacional de seguridad ciudadana es percibido como
un ente burocrático, que no ejercita su capacidad normativa multisectorial,
salvo en situaciones coyunturales y de sensacionalismo mediático, alentado por
los medios de comunicación. Finalmente, el sector interior no asume su
liderazgo político en la articulación y conducción de estrategias operativas
para garantizar, mantener y restablecer el orden y la seguridad
ciudadana.
Ahora
bien, el término de seguridad ciudadana adoptado en esta última década por los
gobiernos de turno, sugiere que el estado protegerá mejor la integridad física
y el patrimonio, entre otros derechos individuales de las personas. Pero las
medidas que se implementan en la mayoría de casos, consiste en la aplicación de
acciones generalmente represivas (mayor patrullaje, mayor empleo de la fuerza,
más penas, etc.), en lugar de enfocarlas más a las personas y sus necesidades
inmediatas.
Bruce
Bensón profesor de la universidad del Estado de Florida, destaca que durante
siglos el control de la criminalidad, fue casi en su totalidad privado y basado
en la comunidad. Realizando una revisión de los sistemas de justicia penal en
el mundo, se encuentra que los más exitosos han sido siempre aquellos que más
se acercaron a este viejo modelo de la “Comunidad vigilante”, en la cual la
restitución a la víctima, las patrullas de ciudadanos y la justicia privada
eran los puntos más valorados; mientras que las fuerzas de seguridad, los
fiscales, los tribunales y las prisiones eran casi siempre una idea tardía. Sin
embargo, es la necesidad de orden y seguridad la que aporta la principal
justificación de la existencia del estado. Al menos, desde el “Contrato social”
de Rousseau y el final del derecho divino de los reyes, se ha visto al Estado
como una de las partes intervinientes en un contrato con el pueblo. Un contrato
para garantizar y mantener el orden y la seguridad necesaria en la sociedad.
Para
cumplir con este mandato, el Estado necesita reglas básicas fundamentales como,
una política criminal, que considere el diseño y desarrollo de un sistema
criminal integral y coherente, para hacer frente al problema de la
delincuencia. Esta política no implica aplicar solamente medidas represivas de
carácter penal, sino también medidas de prevención del delito. La prevención
del delito es una función que debe ser incluida en toda política criminal, con
objetivos por alcanzar. Proponer una política de prevención obedece a adoptar
medidas y acciones tendentes a prevenir la ejecución de delitos; por ejemplo,
en el caso del narcotráfico: prevenir la producción, consumo, distribución,
transporte y comercio; más claro, enfrentar las causas, sus formas de
producción y sus manifestaciones, para conocer la incidencia delictiva; y
que luego, nos permita diseñar las estrategias y acciones adecuadas para
contrarrestarla.
La
política de prevención comprende medidas de prevención “general” y “especial”,
de acuerdo al ámbito de los destinatarios. Las medidas de prevención general
consideran acciones de carácter penal como los de naturaleza “no penal”, siendo
estas últimas las que deben tener prioridad en la implementación de una
política criminal en un sistema democrático. Entre ellas se deben considerar
medidas de corte educativo, cultural, recreativo económico, etc; cuya
aplicación corresponde a las diferentes dependencias del Estado; debiendo
jugar un papel importante la participación ciudadana. Las medidas de prevención
“especial”, atienden sobretodo aspectos de tratamiento y de reinserción social
del delincuente, y pueden tener carácter post-delictivo y pre-delictivo.
De
acuerdo a lo descrito, la lucha contra el delito no se limita a la persecución
y represión de delitos y delincuentes, sino que tiene una proyección mucho
mayor. Para tal efecto, la prevención primaria debe ser instrumentada a través
de la educación, la familia, la iglesia, los medios de comunicación, etc, bajo
el control permanente de la autoridad responsable. En este tipo de prevención
es fundamental el rol de los medios de comunicación, especialmente de la radio
y televisión, pues ellos inciden y orientan la conducta humana, favoreciéndola
o distorsionándola, según el tipo de programa y mensaje que trasmitan.
Así
mismo, las estrategias de prevención del delito deben adecuarse a las
circunstancias sociales, económicas y culturales de cada población y la
particular problemática delictiva que de ella se derivan. Lo cierto es que, en
el país todavía no existe un programa o una política de prevención del delito,
en el que se precise los sectores e instituciones participantes, la función de
cada una de ellas, los mecanismos de coordinación técnico y legal, el
responsable político de la dirección y conducción operativa, y los objetivos
nacionales y locales por alcanzar en tiempos previstos. Es una tarea y un reto
del actual gobierno.
(*)
Crnel. PNP (r)
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