Por: Julio César
Garazatúa Vela (*)
(Publicado en Diciembre de 2011)
El 30 de Octubre la revista
dominical del diario La República, en el artículo "Hombres de
Mercurio"; expresa, que las
inmensas reservas de oro del país en lugar de ser una bendición es un castigo,
por obra de la minería informal. El diario La Primera del 04 de noviembre, en
el suplemento "Agenda Global" informa, que el acuerdo energético Perú
- Brasil es lesivo para los intereses del país, porque causaría graves impactos
socio ambientales. El diario la República del 28 de Noviembre informa,
“Catedráticos de Estados Unidos exhortan al presidente del Perú a detener el
proyecto minero Conga, debido a graves consecuencias ambientales, sociales y
sanitarias que generará". La Defensoría del Pueblo registra 217 conflictos
sociales en todo el país, de los cuales 154 están activos (71%) y 63 en estado latente (29%). Estos, y
otros lamentables sucesos que se publicitan continuamente, dejan la sensación
que el auspicioso debut del nuevo gobierno viene siendo acallado por tambores
de guerra, que reavivan viejos conflictos, que hasta la fecha no tienen un
tratamiento adecuado, por las contradicciones políticas en el manejo público de
los mismos.
“Generalmente se gobierna como si
fuera posible decretar o legislar el desarrollo, pero la realidad nos muestra
que ninguna ley o decreto diseñado para impulsar la productividad o distribuir
la riqueza, es capaz de convertir a un país pobre en un país rico”…
Los crónicos problemas políticos
sociales que afronta el Perú, reconoce como auténticos responsables a las
instituciones estatales de todos los tiempos, con el agravante de que esa
ineficiencia desde hace algunas décadas, se extiende también a los gobiernos regionales y locales. La
falta de una cultura para hacer bien las cosas, es el principal problema que
tiene la clase dirigente para revertir esta situación.
La contradicción entre lo que
quieren los políticos y lo que exige la realidad, es lo que percibe la
población, es lo que profundiza los conflictos, es lo que impide la
concertación y la solución colegiada, es lo que genera incertidumbre y
desconfianza ciudadana.
La historia política del Perú,
nos dice que el estilo y la forma de gobernar no han cambiado a través de los
años; no se gobierna para la próxima generación, sino para el próximo proceso
electoral. No existe un proyecto nacional que sustente una imagen objetivo del
país y que vise el desarrollo interno enmarcado en un proceso integrador. Los
gobernantes de turno, administran el país con planes de gobierno que contienen
metas y acciones a realizar en cinco años. Planes que muchas veces son
formulados improvisadamente y cuyo contenido no se cumple de acuerdo al
compromiso contraído. Más aún, la mayoría de los candidatos lo consideran sólo
un instrumento de campaña. Nuestros gobiernos heredan cada cinco años, un
legado frondoso de normas y reglas que
gobiernan la vida de los ciudadanos, junto con la burocracia que los ejecuta y
una parte pobre de la población, cuya existencia depende del apoyo del estado
(asistencialismo). Generalmente se gobierna como si fuera posible decretar o
legislar el desarrollo, pero la realidad nos muestra que ninguna ley o decreto
diseñado para impulsar la productividad o distribuir la riqueza, es capaz de
convertir a un país pobre en un país rico .El estado continúa como una entidad
lejana y extraña al pueblo, y las marchas de protesta se han convertido en el
único canal de expresión popular para hacerse escucha. No se observa un
verdadero sistema de justicia, lo que hay es un sistema político; lo que se entiende por sistema judicial es
una institución que solo aplica las leyes, normas y reglamentos que fluyen del
sistema político. Los tribunales siguen actuando como apéndice de un estado
burocrático, lento y ausente en muchas zonas del país. Es fundamental sustraer
a la ley de la esfera política, para restaurar y garantizar los derechos y
libertades de las personas.
En la última década, el
comportamiento del estado ha sido el de mediador en los conflictos sociales, que
es el tema que copa la agenda del actual gobierno. Al parecer, estos han
sobrepasado la capacidad de control efectivo del estado, lo que propicia que
los grupos en conflicto se aparten de los canales de expresión legalmente
establecidos. Esta situación, muestra pérdida de legitimidad de las
instituciones estatales para actuar como instancias de resolución de
conflictos. Es decir, en la medida que las instituciones son percibidas como
incapaces de contener y controlar los conflictos sociales, el estado tiende a
convertirse en mediador de los mismos. Solucionar esta crisis de legitimidad
que enfrenta el régimen político, exige que las instituciones se conviertan en
verdaderos escenarios, donde se expresen las contradicciones y se diriman los
conflictos, y donde se pueda encausar aquellas confrontaciones que se
encuentran fuera de control. Pero además, el estado debe mostrar capacidad de
acción para traducir los acuerdos y decisiones, en políticas y estrategias
concretas que resuelvan los problemas.
Ahora bien, los analistas
políticos advierten que la construcción de una nueva civilización está en
marcha; pero este cambio requiere del diseño de nuevas y adecuadas estructuras
políticas en todas las naciones del mundo. Todas las instituciones políticas tienen
que ser reconstruidas, no porque sean intrínsecamente malas, sino porque
actualmente son inviables e inadecuadas para las necesidades de un mundo que
cambia radical y vertiginosamente. Este proceso de cambio, implica
irremediablemente cambios en la manera de pensar, de sentir y de comportarse de
millones de personas. Lo pacifico de este cambio, depende de lo flexible o
intransigente que se muestren los gobiernos para evitar resistencias y
confrontaciones sociales; como sucede por ejemplo, con el movimiento de los indignados en muchos
países de Europa, la lucha de los estudiantes en Chile y otros países de Sud-
América; y lo que sucede en el Perú con los 217 conflictos por afrontar.
AUSENCIA DE INSTITUCIONES VIABLES
EN EL ESTADO
Reformar el estado y reconstruir
nuestra democracia, requiere aceptar que las grandes organizaciones laborales y
sindicales son cosas del pasado, porque la sociedad se encuentra en un proceso
de des masificación; que la diversidad social es una realidad que progresivamente
va tomando forma en base a cientos de minorías, como los: moto taxistas,
algodoneros, mineros maestros, médicos, policías, etc., agrupaciones que no los
une ideologías de derechas o izquierdas, sino necesidades sociales
insatisfechas, que al no ser atendidas pronta y oportunamente generan tensiones y conflictos permanentes. Es la
falta de Instituciones viables lo que agudiza innecesariamente el conflicto, lo
que hace intransigente a las minorías e incluso a poblaciones enteras que se
identifican con las protestas.
La forma de atender estos
problemas, no es esperar que estalle la violencia y luego implementar mesas de
diálogo, no es acusar a estas minorías de terroristas y delincuentes, y
reprimirlos con la ley y la fuerza pública.
La solución radica en establecer canales de representatividad en el sistema,
donde los gobiernos central, regional y local, legitime esta representación, y
puedan ser escuchados y atendidos en sus respectivos ámbitos de actuación.
Por ello, es necesario insistir
en que determinados asuntos de interés nacional, deben ser encarados en función
de líneas estratégicas que respondan a un proyecto nacional y a políticas de
estado aceptadas y consensuadas por gobernantes y gobernados, cuya continuidad
en su ejecución no dependan de resultados electorales, o de periodicos relevos
institucionales que impone la democracia. La respuesta a estos problemas tiene
que sustentarse en las consultas previas y acuerdos nacionales, donde todos los
agentes del sistema democrático se sientan atendidos en sus justas
aspiraciones.
El actual gobierno, tiene la
excelente oportunidad para reorientar el nuevo rumbo del país de acuerdo a las
necesidades de la realidad nacional y al contexto que exige la dinámica mundial
del tercer milenio; en ese sentido hará falta una cuota de desprendimiento y
agudeza política, para privilegiar en los cargos del estado a los mejores
hombres y mujeres, con probada moral, capacidad técnica profesional y
experiencia política, para que coadyuven a sentar las bases del cambio prometido.
Decisión que debe ser tomada por encima de presiones partidarias, pasiones
amicales y pretensiones políticas de las agrupaciones que conforman el movimiento Gana Perú. De no
actuar así, estaríamos olvidando nuestra historia, y continuar siendo una
leyenda.
(*) Crnl. PNP(r)
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