Por: Julio
César Garazatúa Vela. Crnel. PNP (r)
(Publicado eln Marzo de 2011)
(Publicado eln Marzo de 2011)
El artículo primero de la Constitución Política
del Perú, dice: “la defensa de la persona humana y el respeto de su
dignidad, son el fin supremo de la sociedad del Estado”. Este mandato
implica garantía de paz social, tranquilidad pública, orden y protección
ciudadana, etc.; factores necesarios para una adecuada convivencia pacífica.
Sin embargo, la realidad nos dice que la violencia política y el delito en sus
diversas formas y modalidades, se han incrementado descontroladamente a nivel
nacional; esta situación exige que los gobiernos: central, regional y local,
prioricen contrarrestar y detener la inseguridad y el desorden público, a
través de las instituciones y leyes creadas para tal efecto.
En este contexto, los protagonistas, las
criticas y las exigencias sobre orden y seguridad, se centran sobre las
instituciones responsables, las leyes que amparan este derecho, la estrategia
del gobierno y la inseguridad que amenaza desbordar el Estado de Derecho. Las
medidas para lograr la situación de tranquilidad y paz social que reclama la
población, debe partir de un análisis serio y responsable de los aspectos
arriba indicados, análisis que permita conocer en su real dimensión el problema
acuciante de la inseguridad interior.
La primera función de un Estado es asegurar el
orden y la seguridad, para ello se implementa el Estado de Derecho, pero la
disyuntiva que surge es, si ese orden está orientado al ciudadano que lo
necesita para su convivencia pacífica, o, es un orden hecho para proteger al
Estado contra cualquier alteración pública. Si es así, entonces el orden
estaría orientado a beneficiar exclusivamente a aquellos que controlan el Estado,
y todo el sustento de la democracia no tendría sentido; es urgente despejar
esta incógnita, no solamente en teoría sino también en la práctica.
Ahora bien, garantizar el
orden y la seguridad interior del país, requiere en primer lugar de
instituciones viables y modernas para atender con eficiencia y eficacia las
amenazas y los riesgos actuales que se multiplican y se diversifican
continuamente. Es la falta de instituciones apropiadas lo que agudiza la
inseguridad y el desorden; la solución a estos problemas no radica solamente en
aumentar personal y recursos materiales a la policía nacional, menos en el
empleo de la represión como técnica policial, tampoco en mostrarse como simples
defensores de hechos consumados; sino, en tener instituciones que sean
sensibles al problema, y puedan responder rápida y acertadamente a las
necesidades de seguridad de la población; pero además, en imaginar nuevas y
eficaces medidas para afrontar en mejores condiciones de éxito las diversas
manifestaciones de la inseguridad. En suma, requerimos rediseñar las instituciones
del Estado para hacerlas viables ante la nueva realidad que enfrenta, con
capacidad de maniobra suficiente para fortalecer el orden y la seguridad
pública.
Nos equivocamos cuando pensamos que el cambio
del Ministro del Interior o del Director General de la Policía Nacional, va a
solucionar la inseguridad ciudadana, no es así, estas son decisiones
coyunturales de tinte político; el problema tiene otras aristas, incluso los
mejores políticos o los mejores policías serian incapaces de resolver el
problema del incremento del delito, de la violencia política y de la
corrupción, porque las instituciones a través de las cuales se debe actuar, han
quedado obsoletas y son inviables para esta tarea.
Otro aspecto importante a tratar, son las leyes
que amparan el derecho a la vida y la defensa de la persona humana. El Estado
Peruano como cualquier Estado del mundo, ha creado un sistema jurídico que
establece las acciones a ejecutar para garantizar este derecho, normas que están
contenidas en la Constitución Política y leyes especificas, de las cuales entre
otras se mencionan: el artículo 166 de la constitución política, que dice: “la
policía nacional tiene como finalidad fundamental garantizar, mantener y
restablecer el orden interno. Presta protección y ayuda a las personas y a la
comunidad. Garantiza el cumplimiento de las leyes y la seguridad del patrimonio
público y privado. Previene, investiga y combate la delincuencia. Vigila y
controla las fronteras”. Asimismo el artículo 195 de la misma constitución,
expresa: “la ley regula la cooperación de la policía nacional con las
municipalidades, en materia de seguridad ciudadana”. Además la ley orgánica de
la policía nacional, ley n° 27238, así como las leyes vigentes del ministerio
del interior, fuerzas armadas, sistema judicial, sistema nacional
penitenciario, ministerio público, municipalidades, etc.; explicitan funciones
y responsabilidades que comparten cada una de ellas en asuntos de orden interno
y seguridad pública, lo normal en estos casos, es mantener una coordinación
técnica interinstitucional permanente, para atender oportunamente las necesidades
de la población; no es necesario leyes adicionales, mandatos de gobierno o
comisiones especiales, para ejecutar acciones conjuntas en beneficio de la
tranquilidad pública y paz social; insistir en este error, es generar más
burocracia y confusión, que vulneran los espacios jurídicos claramente
establecidos para cada sector.
Ahora bien, hablar de políticas y estrategias de
gobierno para mantener el orden y la seguridad interior, es mencionar ausencias
clamorosas, en razón que hasta la fecha no se conoce la política de orden y
seguridad interior en el país, menos aun las estrategias: nacional, regional y
local, para la lucha contra la delincuencia, la violencia política y la
corrupción, que amenazan la democracia; al carecer de estas normas directrices,
no se pueden formular planes operativos, porque se desconoce la situación de
estos aspectos en cada provincia o distrito del Perú, toda vez, que las causas
y problemas son diferentes en cada zona. Las iniciativas institucionales que se
publicitan como medidas de gobierno contra la inseguridad, no son políticas ni
estrategias estables y definidas que orienten el trabajo de las instituciones
responsables, solamente son iniciativas o ensayos para paliar una situación
coyuntural, que pasado el tiempo, se desactivan porque no satisface los
resultados esperados y no soluciona el problema.
La inseguridad en el Perú se genera en tres
vertientes: la violencia política, la delincuencia y la corrupción, las mismas
que según la opinión pública continúan sin abordarse adecuadamente, y tienden a
insertarse peligrosamente en la sociedad como un modo de vida. Esta percepción
es aseverada por los medios de comunicación hablada y escrita, en los
noticieros informativos que se transmiten diariamente. El crecimiento de la
inseguridad tiene un efecto sustancial en la calidad de vida de la población,
en razón que la mayoría de las personas adoptan diversas medidas para evitar la
posibilidad de convertirse en victimas, esta reacción de los ciudadanos genera
proliferación de un comercio descontrolado de equipos y métodos de seguridad,
que se ofertan al mejor postor, tales como: venta de armas, seguros contra
robos, empresas de seguridad privada, incluso excesos de atribuciones legales a
los serenos municipales, con el grave riesgo de crear “policías paralelas”, que
vulneran la Constitución y leyes vigentes.
Este desorden mediático, en muchos casos alienta
a la población a propiciar “linchamientos populares” y castigos físicos severos
a los responsables de delitos infraganti, motivando contradicción en el accionar
policial, cuando debe rescatar a presuntos delincuentes del poder de turbas
enardecidas denominadas rondas vecinales, que tratan de hacer justicia por su
propia mano, violentando un estado de derecho teórico, que existe legalmente,
pero que no se respeta ni se garantiza en la realidad. Esta situación de
abandono y desprotección de la población, particularmente en los distritos
populares y zonas rulares, y la poca efectividad en el accionar de las
instituciones de seguridad y justicia, motiva desconfianza, rechazo y pérdida
de credibilidad en el Estado, y merma la legitimidad del gobierno.
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