Por: Julio Garazatúa
Vela (*)
(Publicado en Noviembre de 2012)
(Publicado en Noviembre de 2012)
Tradicionalmente a través de los
tiempos, siempre hubo dos factores básicos para la generación de hechos de
violencia: los reclamos sociales y las turbas enardecidas de origen mercenario.
Los primeros argumentaban las injusticias del sistema económico, y los segundos
eran promovidos por los “profesionales” del caos; por ejemplo, las marchas de
protesta y las huelgas laborales, son muestras de lo primero; y los continuos
cortes de carreteras con desmanes y enfrentamientos con las fuerzas del orden,
se encuadran dentro de lo segundo. Sin embargo los lamentables sucesos de
violencia ocurridos el 25 y 27 de Octubre pasado en el mercado mayorista ( la
parada), y en el “centro comercial
Gamarra” del distrito de la Victoria, donde miles de inadaptados y
delincuentes de toda clase, atacaron a la policía a cara descubierta, en
circunstancias que cumplían la misión de garantizar el traslado y colocación de
bloques de cemento, para restringir el tránsito vehicular de acceso a dicha zona por disposición municipal, con
el doloroso saldo de cuatro fallecidos y varios policías y civiles gravemente
heridos; marca una nueva modalidad de violencia en el país.
Al parecer los agresores estaban
organizados y esperaban el momento propicio para actuar, hecho que no fue
advertido por los órganos de inteligencia policial, ni por los responsables del
planeamiento operativo. Incluso la presencia de la prensa en el lugar de los
hechos, no amilano a los cabecillas de la turba a ser descubiertos e
identificados; ocurrió lo contrario, las cámaras de televisión que filmaban los
pormenores de la revuelta, los envalentonaron en su descontrol y alentaron su
agresividad contra el personal policial, que poco o nada pudo hacer para
contrarrestar esta situación, al encontrarse en desventaja numérica, con un
equipo inadecuado para estos casos, y con una estrategia equivocada al emplear
la caballería en una zona encajonada y pavimentada que hacía difícil cualquier
maniobra, en lugar de utilizar vehículos rompe manifestaciones ( pinochitos),
tanquetas o perros policías entrenados contra tumultos ( para evitar saqueos).
La lectura de estos hechos nos
muestra, que en el país las instituciones públicas y los funcionarios del
Estado, dejan entrever dos defectos en su desempeño funcional: falta de
autoridad e improvisación. Es notorio que las entidades públicas han perdido
autoridad, entendiéndose esta como la facultad y el poder para hacer cumplir
una decisión, y por ende carecen de credibilidad ante la población; los errores
que se cometen continuamente en operativos fallidos, dan la sensación que los
problemas por resolver, cualesquiera que fuere, no se toman en serio y que la
actuación de los funcionarios públicos es percibido como improvisado e
irresponsable, lo que deteriora la imagen del Estado. La seguridad es un tema
sumamente trascendente, como para ser manejada en base a normas y
procedimientos que no se cumplen o se cumplen mal; por ello resulta contraproducente
si son consecuencia de apresuramientos, circunstancias emocionales o
determinadas necesidades políticas. Las consecuencias de cualquier decisión
inoportuna en materia de seguridad pública, será en primer lugar para las
personas y sus bienes, sin dejar de lado el costo político, las pérdidas de
vidas humanas y los perjuicios materiales y de imagen de las entidades involucradas en el problema
(Ministerio del Interior, Municipalidad de Lima, Policía Nacional, etc.).
Pero además de estas circunstancias,
y del posterior accionar policial del 27
de Octubre que permitió lograr el
objetivo previsto, queda en duda varias interrogantes que será necesario
deslindar: a quienes respondían estas
turbas de inadaptados sociales y delincuentes embozados como comerciantes; cual
es la verdad del entredicho político entre la municipalidad de lima y el
ministerio del interior sobre la decisión tomada; cuando entra en vigencia el
marco legal sobre el “ empleo de la fuerza” por la policía nacional, para
debelar situaciones de esta naturaleza sin temor a procesos legales
posteriores, para que no se repitan estos casos lamentables; cuales fueron los procedimientos policiales
que se adoptaron antes, durante y después del operativo en mención; cual es la
responsabilidad del comando policial cuando la institución es vejada y
cuestionada públicamente, por la inadecuada conducción en el cumplimiento de
una misión de seguridad publica urbana.
Al parecer aun persisten algunas
deficiencias en el planeamiento de este tipo de misiones: se subestima al
oponente; el planeamiento continúa siendo rutinario, sin la información
actualizada; el personal es asignado a última hora por lo tanto desconoce los
detalles de la misión; la responsabilidad en caso de fracasos siempre recae en
los mandos medios y la impunidad siempre es un aliado político de los
verdaderos responsables.
Ahora bien, el gobierno para
evitar en lo sucesivo estos hechos, no solamente debe expresar la decisión de
contrarrestar la inseguridad pública y la violencia generalizada, sino, que
debe ser visto haciéndolo; más claro, las instituciones y sectores del Estado a
quienes se les confía la defensa y protección de la vida y bienes de las
personas, deben ejercitar en la práctica este mandato. La seguridad es una necesidad
cotidiana, es un derecho ciudadano y es un factor básico para la convivencia
pacífica. La sociedad exige del gobierno un continuo proceso de mejoras en el
desempeño funcional de los órganos de seguridad y justicia, pero también
requiere que las personas se sientan atendidas en sus demandas de protección y
tranquilidad pública.
Nada se gana con repartir culpas,
ni mucho menos recurrir a la innoble costumbre de tratar de sacar ventaja
política de esta crisis de seguridad. La gran pregunta es, si alguna vez el
ejecutivo, el legislativo, el poder judicial y los partidos políticos, tomaron
la seguridad ciudadana como un problema de Estado, con la imperiosa necesidad
de garantizar su ejercicio, considerando que la inseguridad pública y la
violencia interna que afrontamos no es responsabilidad solamente del actual
gobierno, sino que forma parte del pasivo político recibido y trasciende a los
gobiernos de turno. Más aun, cuando la población percibe que los poderes del
Estado hasta ahora no se ponen de acuerdo para atender coordinadamente en la
práctica esta álgida situación.
La sucesión de improvisaciones,
descordinaciones, superposición de esfuerzos y acusaciones cruzadas, siguen
perjudicando a la gobernabilidad y al principio de autoridad en este tema. Seguramente
existen propuestas viables y surgirán muchas más que contemplen medidas
adecuadas para solucionar esta problemática, pero también debe evitarse
implementar mas burocracia. Se puede planificar un buen trabajo de prevención,
investigación y represión del delito y de la violencia generalizada, con los
organismos responsables y con los recursos disponibles; pero la gran barrera es
la costumbre de armar y desarmar estructuras sin alcanzar los resultados
deseados, quedando muchas veces en evidencia que el verdadero problema no son
los recursos insuficientes, sino al parecer la falta de idoneidad en el cargo
de quienes dirigen nuestras instituciones públicas, y la sospecha de corrupción
que se cierne sobre los funcionarios del Estado. Estas son las asignaturas pendientes que se hace
imprescindible encararlas seriamente y resolverlas a la brevedad.
(*) Crnel. (r) PNP.
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